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Vengan a mi... (Todos)

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Vengan a mi... (Todos)

Mensaje por Invitado el Vie Feb 24, 2012 5:40 pm

Tal vez las cosas no habían salido como yo quería... Pero todo siempre tiene su buen precio. Aquella vez que la señorita Lovegood había desaparecido, todo el internado lo recordaba con gran pánico... luego había más de lo mismo: Danielle La Fontainne, hija y alumna ejemplar. ¿Qué si tuve que ver? Pues mucho, había conocido tan bien a Danielle como a la palma de mi mano, ella sabía muchas cosas que nadie nunca deberá saber... Es por eso que ahora está cautiva y nadie la encuentra... ¿Qué sé dónde está? Por supuesto... La hermosa doncella bailarina ahora está envuelta en un teatro de títeres; de donde nadie nunca podrá sacarla...

El instituto estaba bastante solo, era el último día de clases en la semana y yo, como buena persona, decidí darme un paseo por los alrededores del instituto, incluyendo el estacionamiento. No tenía comportamiento sospechoso, sólo actuaba normalmente, como todos los demás estudiantes, aunque yo tenía mucha más edad... Me recosté en una camioneta negra y, desde allí, pude ver bastantes estudiantes que salían a encontrarse con sus amigos, o simplemente con sus padres.

Yo solamente maquinaba, quién sería mi próxima víctima...

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Re: Vengan a mi... (Todos)

Mensaje por Alexandra J. La Fontainne el Sáb Feb 25, 2012 12:55 am

Peiné mi larga melena color chocolate con los dedos de mi mano derecha, inclinando mi cuello hacía un costado, siguiendo el rumbo que ahora llevaba mi cabellera. Era mi conocida manía que hacía cada vez que las cosas salían mal o cuando al menos no salían como yo quería que lo hicieran. Los planetas, al parecer, se habían alineado para que todo saliera no-como-debe-ser desde un comienzo: el despertador no había sonado a su hora adecuada, si es que lo había hecho, no había oído ni un bendito pitido proveniente de mi celular-alarma, y quién pudiera culparme cuando la noche anterior, que asombrosamente no me la había pasado de vaso en vaso, sino de cuaderno en cuaderno y de libro en libro, y mis ojeras colgando debajo de mi ojos tenían la razón más justificada del mundo para que ahora la impresora del colegio se haya decidido malograr y no sacar ningún examen que se había planificado para el día de hoy, y por si fuera poco no había llevado en mi mochila los cursos adecuados que me tocaban, tuve que contentarme con escribir apuntes en alguna mínima hoja de papel que quitaba de algún compañero de costado, además de ser el más feo día que le podía dar a un alumno: profesores pesados, libros inmensos, salones de un extremo a otro, comida tediosa y nada suculenta del cafetín y moquientos nerds que se sentaban a tu lado en clase de química, sin obviamente mencionar que todo teníamos que aguantarlo en un sagrado viernes, fin de semana. Los adultos una vez crecidos ya no entendían que se sentía contar con unos 17 años.

Abrí mi casillero, de una sola vuelta en mi tan memorizada clave secreta que tenía para lo que sobraba de año, que la verdad siempre era la misma. Metí furiosa mi mochila negra y casi vacía al cajón de metal. Mi mano atravesó el espacio, haciendo hueco para el nuevo bulto, poniendo en las paredes los papeles y los libros y dejando el centro para mi bolso.

Una carta cayó al piso, blanca y pulcra, tan bien cuidada y prolija que parecía imposible que hace solo tan poco, pequeños segundos, acababa de formar una revolución dentro de mi casilla. Bajé mi mirada azulina, con los ojos bien abiertos y la boca haciendo una diminuta “o” de asombro.-Uhmn…- murmuré el único sonido que había ordenado mi cerebro a mi don del habla. Agaché mi cuerpo, dispuesta a recoger la nota que, siendo sinceros, me preguntaba con cierto interés de qué se trataba, alisando las puntitas superiores e inferiores.

Abrí sin mucha dificultad, como si todo estuviera fríamente calculado para que fuese simplemente perfecto. Eran ahora mis ojos, en vez de mis labios, los que estaban abiertos como platos, mordí mi labio con ahínco, inconsciente del dolor que luego sentiría cuando este sangrara. Un frío recorrió mi médula espinal, la piel de gallina sucumbió en mi cuerpo. Del pánico pasé a rabia. Apreté mi puño con fuerza, y con esto también la carta, incrustándome el dibujo de las uñas en las palmas. Si se trataba de alguna estúpida broma cruel de los chiquillos de Octavo Grado, yo juraba que…Era mejor no llegar a detalles.

Volví a dar un reojo a la carta, guardándola toda arrugada en el bolsillo de mi pantalón.

***
11:59
Cambié de página el libro. Estaba sentada en mi escritorio de madera y leía las hojas con la ayuda de un foco de luz amarillenta. Ya era muy de noche, pero aún así en una ciudad tan sombría como lo era Londres, el cielo solía oscurecer muy rápido, incluso si
era las seis de la tarde o la medianoche.

Mi mano repasó el bolsillo de mi par de jeans azules, no me había cambiado de ropa desde que había llegado de la secundaria a mi dormitorio. La nota no tan grata me había dejado que pensar toda la tarde, tamborileé mis dedos en la mesa, volviendo con esa mala manía de morderme el labio, al menos no eran las uñas y mis cutículas quedaban horribles. Saqué la nota, leyendo de nuevo los renglones que contenía la carta; no eran muchos, pero los suficientes para asustar. Estaba asustada, estaba ardida, estaba molesta…Me levanté de mi asiento, estirando el polo blanco que llevaba puesto, ahora todo remilgado. Agarré mi chaqueta de cuero arrinconada en la cama; afuera no hacía frío, pero algo me decía que iba a durar buen tiempo en aquel lugarcillo. Me la puse encima sin llegar a subirle el cierre. Quería terminar con esa extraña sensación por una buena vez y no iba a dejar que alguien se burlara de Alexandra Josephine La Fontainne ni de la memoria de mi hermana.

Bajé rápido los escalones, casi de saltos, pero sin tratar de levantar sospechas. Estas eran cosas que debía resolverlas yo sola, porque sabía si le decía algo a Matty, capaz llamaba a la policía o se creía el mismo francotirador.

Llegué al estacionamiento, acá me habían citado aquellos imbéciles de muchachos. A pesar de mi actitud característica de rebeldía, no era mi estilo venir a buscar peleas a unos inmaduritos, muchos menos hacer caso a una notita que hasta mi prima de cinco años pudiera haber escrito con tanta cosa que ahora veían en la televisión.

Alisé mi abrigo, recorriendo con la mirada el aparcamiento. Lleno de autos, pero ningún ser vivo ¿En qué me había metido? Me apoyé en la trompa de un carro negro, esperando susodicha persona, con los brazos cruzados, al igual que las piernas. La nota la seguía teniendo en el bolsillo delantero.
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Alexandra J. La Fontainne
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Re: Vengan a mi... (Todos)

Mensaje por Fred S. Blackwood el Sáb Feb 25, 2012 2:30 am

Aquella mañana sin duda había sido una muy dura, comenzando por que me había costado horriblemente levantarme. Los días viernes siempre eran los más cansadores, o al menos para mí, tenía todo el cansancio de la semana en la espalda y con suerte podía abrir los ojos. En se momento descubrí algo muy interesante. El ser humano tiene los ojos cerrados por naturaleza, y hace un esfuerzo para abrirlos. Pues mis parpados se caían y era casi imposible mantenerlos abiertos más de diez minutos seguidos.
A pesar de que moría de sueño, lo recompensaba todo saber que era viernes. El fin, al fin. No más profesores, no más aulas, no más matemáticas… Por dos días, pues el lunes comenzaba todo de nuevo. Era horrible en verdad.

Caminaba como un zombie por los pasillos de la academia cuando fui a buscar mis cuadernos al casillero esa mañana, chocaba con la gente y me tropezaba, más torpe de lo normal. Eso si que era harto. Al llegar a mi casillero todo se me calló encima. Recordé inmediatamente que el día anterior por ir a patinar había echado todo desordenado y apretujado. Solté un bufido de ira y comencé a recoger los condenados cuadernos, uno por uno, como un idiota. Había oído las risas de los chicos a mi alrededor, se sentía bastante incómodo de por sí estar expuesto a tantas miradas, pero que se rieran de tu estupidez si lograba ponerme colorado de rabia.

La caminata al salón de clase, desde ese momento hasta la salida, si fue mucho más reconfortante, pues noté que casi todos mis compañeros estaban igual de adormilados, torpes e idiotas. Recordé entonces que el día anterior habíamos tenido que dar un par de vueltas más al gimnasio por burlarnos del profesor. Ese tipo de cosas no eran muy comunes en mi, pero la clase de deporte la odiaba con todo mi ser, además, el entrenador jamás hacía nada, nos exigía, pero no lo veía moverse. Era todo una farsa, una vil farsa.

Decidí que no era bueno seguir analizando mi tedioso día, había estado pensando en ello durante horas y horas, me sentía adormilado aún, pero los chicos habían decidido que debía ir a una reunión que tendrían en los jardines, y no podía quedarme dormido. Luego pensé, y pensé, y traté de recordar cuándo había sido la última vez que había comido. Y es que lo olvidaba con tanta facilidad. Deseaba que hubiera sido ese día, pero no, me recordé a mi mismo degustando un sándwich de queso en el desayuno del día anterior. Sí, esa había sido mi última comida.
Si iba a patinar así, tan débil, seguro me daría algo, y más bien como una escusa, me paseé por los pasillos de la escuela en mi patineta y me metí en las cocinas. No era algo difícil, no si conocías el camino secreto. La verdad, no sabía bien por qué yo sabía cual era la entrada, pues jamás iba a la cafetería aunque estuviese abierta, pero en fin, misterios de la vida.

Salí triunfante con mi gran provisión, un hot-dog con mostaza. Sí, era terrible que lo único que comía en dos días fuera un hot-dog, pero lo había visto ahí, y fue como si me hablara… O algo así. Me paseé por los pasillos meneando mi patineta, sigilosa y libre. Adoraba Antar así, ibas rápido y no hacías demasiado ruido debido a los lisos pisos de la academia.

No estoy muy seguro como, el destino o algo así, me llevó hasta el estacionamiento. Ahí al menos el suelo era más blando, si saltaba, no se oiría tanto. Anduve e hice un salto, pero apoyada contra un auto negro, vi a una castaña bastante conocida. Sonreí y solté de la nada, hasta podría creer que la sorprendí mucho, la asusté.


—¡¡Hola, Alex!!

Una sonrisa me recorrió los labios. No era demasiado alto para mi edad, pero medía casi igual que ella. Ella tenía el cabello castaño y los ojos azules más bien pálidos, no tan vivos como los míos. Alex era algo así como… Mi tía en el instituto, me llevaba muy bien con ella desde que, un día en la biblioteca, ella se encontraba mirando un libro, y desde arriba, una enciclopedia estuvo a punto de caerle en la cabeza, si no fuera por que justo la empujé en un común acto de torpeza mío. Ella se lo tomó más bien como si la hubiera salvado, pero la verdad es que casi caigo con mis movimientos torpes de adolescente en la pubertad. De todos modos nos llevábamos bien. Era bueno a veces conocer a chicos mayores que fueran de los grupos más importantes de la escuela, no es que me importara eso con ella, me agradaba de todos modos, pero me había salvado de varias ya, pues no se me da bien mentir ni nada de eso, y menos a profesores.


—¿Qué haces aquí? —inquirí con una sonrisa pícara. De esas que no me salían frente a las chicas que me gustaban.
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Fred S. Blackwood
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Re: Vengan a mi... (Todos)

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